WILCKENS, Kurt (seudónimos: Christensen, Larson) (Bad Bramsted, distrito de Seegeberg, Provincia de Schleswig-Holstein, Alemania, 3/11/1886 – Buenos Aires, Argentina, 16/6/1923).
Minero, obrero fabril y estibador del sindicalismo revolucionario en los Estados Unidos, uno de los arquetipos del “anarquismo vindicador” en la Argentina cuando vengó la represión de los obreros patagónicos matando al teniente coronel Héctor Benigno Varela.
Hijo de August Wilckens y de Johanna Harms, cursa estudios primarios hasta la edad de nueve años, para ingresar a un instituto de jardinería. Cumple durante dos años el servicio militar en un regimiento de infantería. Después de trabajar un tiempo como minero en la región de Silesia, a los 24 años emigra con documentación falsa a los Estados Unidos y recorre el país trabajando en las cosechas. Mientras en Alemania había sido miembro del KPD (Partido Comunista de Alemania), comienza en América a interesarse, por intermedio de sus compañeros de trabajo, en las ideas del sindicalismo revolucionario tal como lo entendía el IWW (Industrial Workers of the World, Trabajadores Industriales del Mundo), a cuyas filas se integra.
Desarrolla militancia gremial en una fábrica de envasado de pescado de los Estados Unidos, donde lleva a cabo una acción por la que la mercadería destinada a la burguesía, de mayor calidad, es intercambiada por la que se vendía en barrios proletarios. Fue descubierto y expulsado de la fábrica. En 1916 participa en la huelga minera en Arizona: activo orador en las asambleas obreras, es detenido junto a más de un millar de mineros, que son enviados en tren a un campo de confinamiento en Columbus, Nuevo México. Según el recuerdo de Diego Abad de Santillán:
Mientras era conducido en un convoy ferroviario con un grupo numeroso de mineros sindicalistas hacia una Penitenciaría federal, el tolstoiano consecuente, que era vigoroso, inutilizó a uno de los guardianes de los presos y aprovechó una curva en que disminuyó la velocidad del convoy para arrojarse al vacío. Se salvó del peligro mortal que había afrontado y, cuando se conoció lo ocurrido en la próxima estación ferroviaria y se ordenó la búsqueda y captura del fugitivo, no pudo ser hallado (Diego Abad de Santillán, Memorias).
Sin embargo, poco tiempo después es capturado y condenado (a causa de ser ciudadano alemán) por “alta traición” y encarcelado en el campo de prisioneros alemanes de Fort Douglas. El 4 de diciembre de 1917 escapa y es refugiado por campesinos suecos y alemanes que pueblan el distrito de Washington en Seattle, donde trabajará en la cosecha. En 1919 vuelve a trabajar en las minas de Colorado pero es nuevamente apresado, sometido a proceso y expulsado a su país de origen el 27 de marzo de 1920, instalándose en su pueblo natal mientras se contacta con sus nuevos compañeros de ideas en Hamburgo.
Por ellos sabe que en la Argentina existe un gran movimiento obrero libertario y decide emigrar. Parte de Ámsterdam para llegar a Buenos Aires el 24 de septiembre de 1920 en el buque Brabantia. Declara a la oficina de migraciones ser soltero, agricultor y tener treinta y tres años. Viaja a Río Negro, donde trabaja en las quintas frutales de la ciudad de Cipolletti y luego como estibador en el puerto de Ingeniero White, donde contacta con las organizaciones de los trabajadores rurales. Al finalizar las cosechas se emplea como jardinero en Bahía Blanca, regresando a Buenos Aires en mayo de 1921.
Alojado en un hotel alemán de la Avenida Leandro N. Alem y mientras planea su regreso al país del norte, frecuenta el local de la Federación Gráfica Bonaerense de la calle Estados Unidos 1056. El 12 de mayo de 1921 es detenido en el café “La Brasileña” y trasladado a la comisaría 16ª por un policía que se había hecho pasar por un compañero de ideas. Adjudicándosele portación de armas, la Dirección de Migraciones inicia un expediente de expulsión por infringir la ley de inmigración, pero la Cámara Federal, en una sentencia muy comentada, rechaza la actuación del juez de primera instancia y tras de 4 meses de prisión, es dejado en libertad el 6 de septiembre de 1921. El hecho es saludado por una crónica de La Protesta titulada “Sujeto peligroso”.
En la cárcel conoce un grupo de anarquistas —algunos complicados por la bomba que estallara en la calle Estados Unidos— con quienes, una vez fuera de prisión, y ya conseguido su empleo de lavacoches, colabora aportando buena parte de su salario.
Nuevamente en Ingeniero White como estibador, lo atropella una locomotora portuaria que le produce heridas graves en el brazo y lo obliga a una internación. Es trasladado a Buenos Aires gracias a la colaboración del Comité Pro Presos y Deportados.
En 1922 ha vuelto a trabajar de lavacoches tras cuatro meses de convalecencia, compartiendo en una habitación de una casa situada en la calle Sarandí con el anarco-individualista italiano Enrico Arrigoni y el intelectual y traductor anarquista Diego Abad de Santillán. Según el recuerdo de este último, Wilckens llevaba una vida austera: “no fumaba, no bebía y se alimentaba de frutas”. Los tres amigos tradujeron en esos días artículos de la prensa ácrata alemana para La Protesta.
Cuando llegan a Buenos Aires las noticias de la represión a la segunda huelga de la Patagonia (fines de 1921), Wilckens se sentirá profundamente afectado. Según el recuerdo de Abad de Santillán:
Al llegar una noche a la habitación que ocupábamos en la calle Sarandí, encontré a Wilckens, que apenas leía el castellano, repasando páginas de los diarios hostiles y de lo que nosotros reproducíamos en el nuestro. Las lágrimas le empañaban los ojos.
—Esto es una masacre en regla —me dijo con profundo abatimiento.
Siguió de cerca los acontecimientos, como lo muestran sus corresponsalías en los periódicos alemanes Alarm de Hamburgo y Der Syndicalist de Berlín. A pesar de su anarquismo tolstoiano, antimilitarista y antiviolento, consideraba que en casos extremos el recurso a la violencia era legítimo: como en el caso de vengar a sus “hermanos”, según declarara a los policías que lo detendrían más tarde.
Desde el momento que decidió atentar contra la vida de Varela, el represor de la Patagonia, se desvinculó de sus amigos anarquistas para evitar comprometerlos. Según conjetura Osvaldo Bayer, debió contactarse con el grupo de anarquistas expropiadores que lideró Miguel Arcángel Roscigna y uno de los hombres de este grupo (Andrés Vázquez Paredes) le habría proporcionado el explosivo. Es el 25 de enero de 1923 cuando atenta contra el Teniente Coronel Varela tras esperarlo a la salida de su domicilio de la calle Fitz Roy 2461, en el barrio porteño de Pacífico. Le arroja una bomba que también lo hiere a él mismo para luego ultimarlo con varias balas de revólver. Según el testimonio de la escritora anarquista Salvadora Medina Onrubia:
con su habilidad de minero que sabía manejar explosivos, preparó su bomba y estudió por dónde pasaba Varela todas las mañanas. Lo esperó. Porque pasaba una señora con chicos, esperó una fracción de segundo y si bien la bomba mató a Varela, le lesionó a él una pierna, lo que facilitó su captura inmediata. Lo llevaron a la enfermería y le cosieron los desgarrones de la pierna sin anestesia, pero su estado de exaltación era tal que no sintió el dolor, para asombro de los médicos (Medina Onrubia, 2023).
Según Abad de Santillán, la bomba sólo dejó malherido a Varela, de modo que Wilckens lo ultimó con una serie de disparos de su pistola Colt.
El atentado a Varela fue saludado por diversos medios anarquistas, entre ellos, La Antorcha y La Protesta. Todavía un año después de los hechos, la justicia inicia un proceso por apología del crimen contra José María Acha, a causa de un artículo aparecido en el diario anarquista La Protesta en que se valoraba la acción de Wilckens. También saludó el atentado vindicador Juana Rouco Buela desde las páginas de Nuestra Tribuna.
Wilckens fue trasladado al hospital de la antigua Penitenciaría de la Avenida Las Heras. Interrogado por el juez Manuel P. Malbrán sobre si estaba arrepentido, Wilckens respondió terminantemente que no. La justicia y la policía intentarán involucrar a otros anarquistas en el atentado, como en el caso del conscripto Horacio Badaraco, pero Wilckens lo asume como un acto individual. Trasladado a la Cárcel de Encausados de la Avenida Caseros, se granjea la admiración del resto de los recluidos y no tarda en convertirse en un símbolo popular del anarquismo vindicador. En junio de 1923 el fiscal ha pedido 17 años de prisión. Wilkens, entre tanto, lee folletos en alemán de orientación anarquista tolstoiana que le enviaba desde Berlín su amigo Santillán.
En la noche del viernes 15 de junio de 1923, un joven de 24 años, de familia aristocrática y miembro de la Liga Patriótica, Jorge Ernesto Pérez Millán Témperley, le dispara en el pecho a quemarropa dentro de su celda. A poco de conocida la noticia del crimen, varios gremios de Buenos Aires se lanzan espontáneamente a la huelga. La FORA y la USA declaran luego la huelga general. La movilización aumenta y recrudece cuando durante el domingo se difunde que ha sido hurtado el cadáver de Wilckens, mientras llegan noticias de innumerables adhesiones al paro desde el interior. El lunes las ciudades de Buenos Aires, Rosario y Mar del Plata siguen paradas, mientras se producen tiroteos e incidentes. La Unión Sindical Argentina (USA) levanta el paro mientras la FORA prepara un acto en Plaza Once, el 19 de junio de 1923, donde se desata un enfrentamiento con la policía que deja el saldo de dos obreros muertos, 17 heridos graves y 167 detenidos. Del lado policial también hay un muerto y tres policías heridos.
Los restos de Wilckens se hallan en el aristocrático cementerio de la Recoleta, en la bóveda de la familia Botana, donde los hizo trasladar su amiga Salvadora Medina Onrubia cuando fue advertida de que la tumba del Alemán sería excavada y sus restos inhumados. Pérez Millán sería a su vez ultimado el 9 de noviembre de 1925 mientras cumplía condena de ocho años de prisión en el Hospicio de las Mercedes, gracias a un plan pergeñado por el anarquista expropiador Boris Wladimirovich German.
El payador criollo Martín Castro entonaba en sus veladas el “Canto a Wilckens”, una de cuyas estrofas decía: “Wilckens no es una venganza, / es el fruto, es la cosecha / de quien sembró tiranías / para recoger violencias”.
Según los informes policiales Wilckens era rubio, de 1,76 m. de altura y de ojos azul claro. En la versión cinematográfica “La Patagonia rebelde”, su papel fue interpretado por el actor Wolfram Hecht.
Cómo citar esta entrada: Tarcus, Horacio (2026), “Wilckens, Kurt”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas. Disponible en https://diccionario.cedinci.org.
