KITAY, Ester (Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina, 1945 – París, Francia, 24/3/2026).
Militante trotskista argentina, presa política en Argentina y en Chile, prosiguió su activismo durante su exilio en París.
Nació en 1945 en una familia judía de Avellaneda, en tiempos en que esta ciudad bonaerense estaba separada de la ciudad de Buenos Aires por un puente levadizo. Su padre, Mauricio Kitay, había llegado al mundo de manera brutal —nacido en un barco durante la travesía desde Europa, mientras su madre moría de tuberculosis en el parto— y había heredado una fortuna de su propio padre, patrón de fábrica y prestamista. Su abuelo era, según el testimonio de la propia Ester, un hombre terrible que había traído a sus familiares desde Europa para explotarlos en la fábrica, pagándoles mal y a destiempo, sin compartir con ellos las bonanzas de su vida, odiado por toda la Avellaneda judía a causa de una actividad usuraria que perjudicaba a su propia colectividad. Mauricio vivió del dinero de su padre, con pretensiones de grandeza, sin comprender la rebeldía y el compromiso de su hija mayor. A Ester le avergonzaba su apellido y le parecía humillante vivir en el lujo mientras sus primos y tíos vivían en la miseria.
Su madre era —en palabras de la propia Ester— “una vividora, pero al mismo tiempo una buena mujer”. Ingenua, incapaz de protegerse a sí misma, acostumbrada a las joyas y a pasar los veranos en la ciudad balnearia de Mar del Plata. Ella eligió mandarla a una escuela yiddish. Pero quien crió realmente a Ester fue Eulalia, una mujer indígena de Tucumán que había llegado cuando Ester era una bebé y que se quedó toda la vida, aunque nadie le pagara lo que correspondía, porque —decía Ester— “ella nos crió a todos, éramos sus hijos”.
El piano fue su pasión y también su salida del tenso clima familiar. Ester estudió con Susana Vicenti, discípula directa de Vicente Scaramuzza —el mismo que formó a pianistas de la talla de Martha Argerich y Bruno Gelber—, y Vicenti la presentó al maestro. Scaramuzza la aceptó. Le veía condiciones para estudiar con Nadia Boulanger en París. Podía soñar con una carrera internacional.
Pero antes de eso, a los 15 años, Ester se enamoró de Jorge Rojas, un chico no judío (“goy”). Su padre la hizo seguir por un detective privado. La espiaba, la vigilaba, organizaba el hogar como una pequeña operación de inteligencia doméstica. Cuando nada funcionó, convocó al chico a la fábrica y lo recibió con un revólver, dándole a elegir entre dejar a Ester o morir. Pero Jorge no dejó de verla y finalmente los dos jóvenes se casaron, aunque el matrimonio se sostuvo poco tiempo.
Cuando su padre finalmente abandonó a la familia por la secretaria, Ester tenía 17 años. Hizo dos cosas de inmediato: fue sola a ver a una abogada que no conocía y consiguió judicialmente que la venta del departamento se frenara —si no, su madre, su hermana y su hermano se habrían quedado en la calle—, y empezó a trabajar porque alguien tenía que hacerlo. Scaramuzza, al enterarse de que no podía seguir estudiando, fue directo: «Si usted no puede trabajar de piano, dedíquese a otra cosa”. La carrera parisina terminó ahí y el piano desapareció de su vida.
A los 20 años, consiguió trabajo como secretaria en una ONG donde trabajaban, entre otros, un economista joven llamado Marcelo Nowersztern. Era 1965. Marcelo fue fundador de Política Obrera (PO), que acababa de nacer como organización, junto a Jorge Altamira, y que hizo propio el legado de León Trotsky. Era un grupo muy pequeño, que venía de estudiar y activar en el MIR-Praxis de Silvio Frondizi, y parte de una amplia generación que impactada por la Revolución Cubana protagonizaría las luchas populares más intensas de la historia del país.
Una compañera de trabajo, Juanita, militante de Política Obrera, la invitó a su primera actividad: repartir volantes a las cinco de la mañana en la puerta de la fábrica textil Grafa. Ese mismo día, la policía paró el colectivo en el que huían con el material, las encontró y las detuvo a las dos. Su padre no aceptó recogerla en la comisaría. Según su propio testimonio, salió de allí convencida de organizarse con los trabajadores para luchar por la revolución.
Marcelo Nowersztern era hijo de sobrevivientes del Holocausto. Su padre Bernardo tenía una un hombre de gran cultura y era parte de una tradición judía socialista que luchaba por la integración de los judíos en sus respectivos países, el Bund. Su madre, Manuela Malcman, había sido la única superviviente de diez hermanos —ciento diez personas entre hijos, nietos y cónyuges— que murieron en la Shoah. Salió de Polonia en el último barco antes de la guerra para reunirse con su marido en Argentina, y vivió el resto de su vida con el peso de haber llegado a tiempo y de que nadie más lo hubiera hecho. Era una mujer profundamente triste y sobreprotectora con su hijo. Marcelo creció entre La Paternal y Caballito, jugando al fútbol en la calle, amando el tango, siendo “más porteño que cualquier porteño”, como suelen ser los hijos de los que llegan desde lejos y necesitan echar raíces con urgencia. Antes de unirse al MIR-Praxis de Silvio Frondizi (y de fundar Política Obrera), Marcelo participó de un fugaz intento de reconstruir la juventud del Bund en Argentina. Las ideas del Bund (Algemeyner Yidisher Arbeter-bund in Lite, Poyln un Rusland, Unión General de Trabajadores Judíos conocida como Bund por su nombre en yidish) cobran particular relevancia en contraste con las de su histórico rival político, el sionismo. Los judíos ashkenazíes de Europa del Este, hablantes de yiddish, trabajadores y artesanos urbanos que eran el corazón del movimiento bundista, fueron los más sistemáticamente exterminados.
Un día Marcelo la invitó al Lorca, mítico cine de culto de la avenida Corrientes, punto de partida de una educación sentimental e intelectual al mismo tiempo. Se casaron mediante una ceremonia informal —no existía ley de divorcio— y se fueron a vivir a un estudio en pleno barrio de Almagro, en Río de Janeiro y Rivadavia. Ester quedó embarazada y se mudaron a Avellaneda, cerca de la madre de ella y de Eulalia, a un lugar que Bernardo, el padre de Marcelo, les compró.
Luego vino el momento de la “proletarización” en la fábrica de galletitas Terrabusi. Su trabajo consistía en ir metiendo cajas en la cadena de montaje, pero la echaron al mes y medio. Trabajó luego en una relojería, donde duró tres meses. Pasó luego a un taller de radios del barrio porteño de Constitución pero decidió renunciar ante el acoso sexual del patrón. Su última fábrica fue Capea, de ollas y cacerolas. Entró embarazada de tres meses, mandó a su hermana Graciela —muy parecida a ella— a hacerse el examen médico en su nombre para ocultar el embarazo, y aguantó hasta el quinto mes, cuando la mandaron a trabajar junto a los hornos. 40º grados, 8 horas, 5 meses de embarazo. Se desmayó. La llevaron a la enfermería, descubrieron el fraude, y le hicieron un proceso judicial a ella, a su hermana y a su madre —que no había tenido nada que ver— por «tener dos hijas mentirosas”.
En esa misma época Ester y sus compañeros militaban apoyando a los obreros portuarios. Cuando nació Mariana —con 13 puntos de episiotomía porque la cabeza de la nena era grande y no salía—, diez obreros portuarios se presentaron en el hospital a visitarla.
En 1971, Ester y Marcelo viajaron a Chile a construir un grupo trotskista, la Organización Marxista Revolucionaria (OMR). Se instalaron en Concepción, la segunda ciudad del país, fuertemente marcada por el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria). Marcelo daba clases en la universidad, lo que facilitaba la militancia, y llegó a dirigir la Escuela de Economía, donde ejerció una influencia refrescante. Entre los dos lograron organizar una veintena de compañeros, con trabajo significativo en el movimiento obrero de la región, en particular entre los pescadores. De esa organización, arrasada por la represión golpista, sobrevivió una sola célula —jóvenes portuarios— que se mantuvo en la clandestinidad durante más de una década.
Ester describía esos años como “el momento más hermoso que viví en mi vida”. Las madres que tenían leche venían a amamantar a los hijos de otras. Los buzos que bajaban del barco le traían pescado cuando no había qué comer por la huelga patronal. Militaba embarazada de Miriam, colgada de los colectivos llenos en el trayecto hasta Temuco. El 11 de septiembre de 1973 Marcelo estaba en Buenos Aires tramitando la amnistía del gobierno de Cámpora. Ester se enteró del golpe por la radio, temprano en la mañana, con Miriam de cinco meses. Fue con un compañero a la oficina de Marcelo en la universidad a quemar los papeles y los libros que pudieran comprometerlos. La ciudad estaba paralizada.
Esa misma noche la Marina emitió un bando: todos los extranjeros debían presentarse al día siguiente bajo pena de muerte. Ester y sus compañeros discutieron qué hacer. No tenían recursos para pasar a la clandestinidad. Dejó a Miriam con unos vecinos y se presentó. La situación fue empeorando con los días. Primero los enviaron al estadio de fútbol de Concepción. Después llegó a la isla Quiriquina, bajo control de la Marina. Los detenidos marchaban en fila y eran golpeados por los militares. Algunos eran extraídos y no volvían.
Al cabo de una semana, el cónsul argentino se presentó en el estadio y anunció el arresto domiciliario. Ester recuperó a su hija. Poco después llegó la orden definitiva: los “extranjeros subversivos” y sus familias serían expulsados del país. Los citaron en el Comando Militar. El general Washington Carrasco los despidió en persona, con el cónsul presente. Eran dieciséis adultos y once criaturas. Los pusieron en un colectivo de línea custodiado por marinos armados y los abandonaron en medio de la cordillera, en plena tormenta de nieve. Entre los adultos circulaba el rumor de que los iban a liquidar en el camino. Las criaturas casi no sobreviven. Horas después llegó un colectivo de Gendarmería que los llevó a Bariloche. Llegaron a Argentina el 5 de octubre de 1973. En la entrada, la SIDE los fichó a todos. A Miriam, con cinco meses de vida, le abrieron un prontuario.
El 13 de diciembre de 1974, cuando intentaba abordar un avión hacia Europa en Ezeiza, su vida dio un nuevo vuelco. Se dirigía a una reunión del Buró del CORCI, el Comité de Organización por la Reconstrucción de la Cuarta Internacional, que incluía organizaciones con peso en Francia, Bolivia y Perú. Ya en el aeropuerto, un oficial de policía la puso en una celda, diciéndole: “Usted está aquí protegida”. A medianoche llegaron los hombres de la Triple A, una banda parapolicial. El oficial intentó en vano evitar su detención. La vincularon falsamente a secuestros y atentados. La Razón, Crónica y otros diarios publicaron en primera página que en su casa habían encontrado miles de dólares y pruebas de su participación en un complot. El propio informe policial, en su minuciosidad, no encontró ninguna prueba que la involucrara con nada de lo que se le imputaba.
Un acta interna del PST contemporánea a los hechos registra que fue secuestrada de Ezeiza, torturada y violada. El comunicado de Política Obrera precisa que fueron dos días de tortura con Pentotal —“suero de la verdad”— hasta provocarle un paro cardíaco. Cuatro días después de la detención, el juez la declaró en libertad por falta de pruebas. El Poder Ejecutivo, bajo el estado de sitio, la mantuvo detenida “a disposición del PEN” e ignoró el fallo judicial.
Pocos días después de su detención, como parte de la misma campaña represiva contra Política Obrera, la Triple A asesinó a dos de sus militantes más destacados: Jorge Fischer, 27 años, delegado general de la fábrica Miluz, miembro del Comité Central de PO, y Miguel Ángel Bufano, 24 años, activista sindical en la misma fábrica. Al mismo tiempo se emitió orden de captura sobre Marcelo, que estaba en París. Sus dos hijas quedaron sin la protección de ninguno de sus padres.
La llevaron al Penal de Olmos. Había doce presas cuando llegó, todas del ERP o Montoneras. La recibieron con la primera plana del diario colgada de un hilo, como una bienvenida. La recibieron como heroína. Ester les dijo: “Soy de Política Obrera” y la algarabía se transformó en silencio y desconfianza. Le dijeron que necesitaban confirmación de su partido. Que hasta entonces quedaba aislada de las demás presas políticas.
Ester mandó cinco cartas clandestinas a Altamira —escondidas en los tubos de dentífrico que su hermana Graciela sacaba en las visitas del sábado— pidiéndole que confirmara su pertenencia al partido. Altamira nunca respondió. Durante nueve meses, Ester estuvo aislada en la misma celda que sus compañeras de cautiverio, sin que le dirigieran la palabra, sospechada de infiltrada por las propias presas políticas. En el periódico, el Comité Ejecutivo de PO le había escrito una carta pública elogiando su heroísmo.
Cuando hubo huelga de hambre —una práctica que Política Obrera no apoyaba—, Ester no pudo sumarse. Pero fue ella quien cuidó a las huelguistas durante los días en que estuvieron al borde de la muerte. Finalmente, sus compañeras la despidieron cuando salió, lanzándole papelitos desde las ventanas de la prisión.
A fines de julio de 1975, como parte de la liberación de 28 detenidos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), Ester fue autorizada a salir del país. Política Obrera informó el 1 de agosto que “entre los que partieron al exterior se encuentra la compañera Esther (sic) Kitay, cuya salud seriamente quebrada requería una correcta e inmediata atención”. Había pasado siete meses y medio en prisión. Lo que le hicieron durante ese tiempo tuvo consecuencias permanentes: la dejaron estéril.
Marcelo había llegado primero a Europa, con un paso previo por Suecia, donde la recibió. Miriam había sido criada por la abuela durante todo el tiempo que Ester estuvo detenida. El gobierno sueco pagó el pasaje de la abuela para que viajara a ayudar a Ester, que cayó en una depresión profunda.
Luego en Francia los acogió la Organisation Communiste Internationaliste (OCI), con quienes tenían una estrecha relación en aquel momento. En 1977, Ester, junto al historiador Jean-Jacques Marie, participó de un programa en la TV francesa sobre la represión en la Argentina. Más tarde, en enero de 1979, la OCI decidió romper relaciones con PO y echó a todos los exiliados de los refugios que les habían conseguido, denunciándolos como «mierdas» y «perros de Videla». La razón: consideraban un crimen que PO continuara activando en los sindicatos, que según ellos ya estaban totalmente cooptados por la dictadura.
Más adelante, el alcalde socialista de Yerres (una ciudad en las afueras de París) les consiguió trabajo y un préstamo para comprar en cuotas un departamento. La Cruz Roja y otras asociaciones donaron los muebles. Mariana entró a la escuela sin hablar una palabra de francés y años después sacó el bachiller con mención très bien. Ester, entre tanto, volvió al piano y encontró trabajo en el Conservatorio Nacional de la Vallée de l’Yerres, parte de la misma red que los había acogido. Allí enseñó piano durante décadas. Se jubiló a los 63 años, cuando ya estaba enferma.
Al mismo tiempo, Ester presidió CALPA —Coordinación de Solidaridad con las Luchas del Pueblo Argentino— desde Francia, canalizando la solidaridad internacional hacia Argentina durante la dictadura y en las crisis que vinieron después. CALPA se destacó en el boicot al Mundial 78, por las denuncias sobre el represor Mario Sandoval —que huyó a Francia e intentó evitar ser castigado, infructuosamente-, las campañas por la aparición con vida de Julio López y diversas las acciones de solidaridad obrera en París con los piqueteros, la fábrica Zanón y el movimiento de fábricas recuperadas, Kraft-Terrabusi, Lear, los petroleros de Las Heras, entre otras.
Marcelo decidió volver a Argentina en 1984, al calor de la apertura democrática, mientras que Ester permaneció en París, acompañando a sus hijas. Pero en un viaje a Buenos Aires durante el invierno francés, tomando con Marcelo un café en el mítico Bar «La Paz» de la avenida Corrientes, Ester advirtió que dos de sus torturadores tomaban un café en una mesa cercana y se desmayó. Desde entonces, Marcelo —que tampoco encontró un lugar de militancia en su antigua organización, el Partido Obrero (ex Política Obrera)— se reinstaló en París con Ester. “Lo que lamento”, dijo Ester al final de la última entrevista que concedió, “es morirme con el mundo como está. Después de haber tenido la seguridad de que íbamos cambiarlo”.
Murió en París el 24 de marzo de 2026. Su partida tuvo lugar apenas 783 días después de la de su compañero Marcelo Nowersztern. El 1º de abril de ese año sus familiares y amigos homenajearon sus vidas en el Cementerio parisino de Pére Lachaise.
Cómo citar esta entrada: Malaspina, Lucas (2026), “KITAY, Ester”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas. Disponible en https://diccionario.cedinci.org.
