GAYOSO, Florindo (Puebla de San Julián, Lugo, Galicia, España, 26/8/1897 – Buenos Aires, Argentina, 13/5/1961).
Chofer y mecánico anarquista de origen gallego, de amplia acción gremial en la Argentina.
Hijo de Rosa Vázquez y Triunfante Gayoso. Arribó al puerto de Buenos Aires con su familia a la edad de 14 años. La necesidad de trabajar desde niño le impidió asistir al colegio, aprendiendo a leer y escribir con su madre.
A fines de la década de 1920 se desempeñaba como chofer y estaba afiliado a la Sociedad de Resistencia Unión Chauffeurs, adherida a la FORA. A partir del golpe militar de septiembre de 1930 participa activamente en la resistencia obrera a la dictadura uriburista.
El 6 de diciembre de 1930, en el marco de la huelga de choferes de taxis y colectivos de fines de ese año, Gayoso y otros dos miembros de la Unión Chauffeurs, los gallegos José María Montero y José Santos Ares, repartían un volante contra la dictadura llamado “El verbo prohibido” desde un automóvil que circulaba por el barrio porteño de Barracas, cuando fueron interceptados por un auto de la policía. Tratan de huir mientras se tirotean con los agentes, pero su auto vuelca y finalmente son detenidos. Otro de los choferes que participó de la acción, Eligio Macías, logró escabullirse y se refugió durante un tiempo en Montevideo.
Según la crónica recogida poco después en La prensa gallega de Buenos aires y reproducida en otros medios:
En la madrugada del 16 de diciembre, la policía desconfió de un auto ocupado por varias personas, que corría a gran velocidad por la calle de Herrera. Les dio el alto y disparó contra él una pistola. Contestaron a tiros desde el automóvil, pero este, en un viraje, volcó, estrellándose, y sus ocupantes, en tierra, continuaron disparando contra sus perseguidores, hiriendo levemente a dos policías. Tres de los huídos fueron detenidos, escapándose los demás. En el coche se encontraron manifiestos anarquistas.
Reproducido en: El Diario gráfico, Barcelona, 8/1/1931, p. 20.
Según la causa judicial, Montero y sus dos compañeros fueron sorprendidos el 16 de diciembre de 1930 por una patrulla de policía integrada por un sargento y dos oficiales cuando volcaban e incendiaban el auto del taxista José B. Iglesias, un propietario que no había acatado del paro. Al grito de “¡Alto!” y ante el riesgo de ser juzgados bajo la ley marcial (regía el estado de sitio), se habían dado a la fuga en su automóvil mientras se tiroteaban con los agentes, hasta que su auto volcó y fueron finalmente detenidos. Según el testimonio recogido por Osvaldo Bayer, Montero y sus compañeros fueron detenidos por la policía tras “atacar a palos a un compañero que se resistía a hacer un paro” (Bayer, 1970, p. 152).
Los choferes anarquistas reconocieron la acción huelguística y el reparto de volantes desde el automóvil en el que se desplazaban, pero negaron rotundamente haber volcado el colectivo o atacado a uno de sus excompañeros. Muchos años después de los hechos, Montero dejó un testimonio detallado de lo acontecido esa noche que merece ser reproducido:
“Una de esas tantas noches de violencia quiso el destino verme para mi desgracia involucrado en los acontecimientos. En unión de cuatro compañeros estaba repartiendo manifiesto al que habíamos titulado ‘El Verbo Prohibido’ cuando nos encontramos de pronto cerca del lugar donde se estaba incendiado el coche de un desertor, obra de la cual éramos totalmente ajenos.
Al intentar alejarnos del lugar, dio la casualidad que anduviera por allí una patrulla policial, la que pretendió detener nuestro coche. Dado las circunstancias, huimos velozmente, ignorando la orden impartida.
El coche policial emprendió nuestra persecusión, disparando sus armas para obligarnos a detenernos. Esto provocó el nerviosismo de nuestro conductor, que al doblar una calle por la mano izquierda, calculó mal el viraje, chocando con el cordón de la acera y provocando la rotura de la punta del eje delantero”.
Ortiz, 1974, p. 50.
Los cinco anarquistas se parapetaron detrás del auto frente al patrullero que se había detenido a prudente distancia. Montero continuó disparando para cubrir a la huída de sus cuatro compañeros. Acabadas las balas y aprovechando que había oscurecido, se internó en la Plaza Herrera del barrio de Barracas, pero otros policías que estaban en alerta lo identificaron cuando descartaba el arma.
Una vez en la comisaría y tras recibir algunos golpes, se encontró con que Florindo Gayoso y José Ares tampoco habían logrado evadir el vallado policial. Los otros dos choferes lograron escabullirse. Uno de ellos, el gallego Eligio Macías, se mantuvo escondido varios días y después se refugió por un tiempo en Montevideo (Abad de Santillán, 1977, p. 145).
Los tres detenidos fueron trasladados al día siguiente al Cuartel de Granaderos a caballo “General San Martín” del barrio porteño de Palermo donde serían rápidamente enjuiciados. Defendidos por jóvenes oficiales del propio ejército, el Presidente del Tribunal hizo lugar al pedido del fiscal: pena de muerte, a ser ejectutada el 30 de diciembre a las 5 de la madrugada.
Cuando eran conducidos a la Cárcel de Encausados en una furgoneta carrozada, los condenados tuvieron la idea de gritar desde las rejillas a quien quisiera escucharlos: “¡Somos los tres condenados a muerte que nos llevan a ser fusilados! ¡Somos Gayoso, Ares y Montero! ¡Viva la Unión de Choferes! ¡Viva FORA! ¡Abajo los tiranos!”. La noticia llegó enseguida a oídos de la FORA y se divulgó por toda la prensa nacional e incluso la internacional, sobre todo la prensa gallega y la prensa internacional anarquista. El diario Crítica encabezó la inmediata campaña a favor del indulto. La recién creada Confederación General del Trabajo (CGT), más moderada que la FORA anarquista, se dirigió al presidente para solicitarle la conmutación de la pena de muerte como “acto de clemencia”.
Una vez en la prisión y siempre esposados, fueron encerrados en celdas contiguas, en las que podían hablarse pero no verse entre sí. A la espera de la ejecución, Gayoso y Aires lloraban, mientras Montero los alentaba diciéndoles que era todo un simulacro y finalmente serían indultados. Cada uno tuvo derecho a escribir una carta a sus familiares. Su compañera Josefa Sendón, que estaba a punto de quedar viuda con tres hijos pequeños, fue a despedirlo antes de la ejecución.
Según el relato que Montero le transmitió al periodista Juan José de Soiza Reilly:
Mi compañero Florindo Gayoso gritaba:
— ¡Quiero ver a mi mujer y a mis hijos!
Yo no sé llorar. Sufro por dentro. Me cuesta mucho derramar una lágrima. No lloré ni siquiera cuando me leyeron la sentencia de muerte. Pero vi entrar a la mujer de Gayoso —una criolla valiente— con sus tres hijitos: dos nenas y un nene. Todos se abrazaron, en un pelotón, dando aullidos feroces. Ella, la esposa, lo besaba. Le ponía delante al varoncito:
—Míralo, Florindo. Bésalo. Te sonríe. Hoy cumple cuatro meses. ¡Hoy!
¡Míralo qué lindo! Yo miraba aquel drama sin llorar. De pronto, la hijita mayor de Gayoso, Celia, que cuenta seis años, agarróse de las piernas del padre diciéndole con ingenuidad:
— ¡Papito! Te van a matar y todas las noches te esperamos en casa con la sopa caliente. ¿Qué haremos ahora?
¡Al oírla lloré con todas las lágrimas que no lloré nunca!
Juan José de Soiza Reilly, “La triste noche de los tres condenados a muerte”, en: Caras y Caretas nº 1682, Buenos Aires, 17/12/1930, pp. 4-7.
Los tres anarquistas rechazaron los servicios religiosos que les ofreció el sacerdote Gustavo J. Franceschi, futuro obispo de Buenos Aires.
Pero la intensa e inmediata campaña de solidaridad realizada a favor de Montero, Gayoso y Ares, así como el pedido expreso de Salvadora Medina Onrubia a Aurelia Madero Buján, la esposa del dictador Uriburu, logró que en la madrugada del 10 de diciembre de 1930 —cuando faltaban pocas horas para cumplirse la ejecución— la condena fuera conmutada por la de prisión perpetua. Gayoso y sus compañeros recibieron la noticia de boca del propio director de la Cárcel de Encausados, Oscar Viñas. El cura Franceschi fue esa misma madrugada al humilde domicilio de los Gayoso en el barrio de Liniers a darle a su mujer y sus hijitos la buena noticia.
Los tres choferes permanecieron un tiempo en la Cárcel de Encausados, hasta que recibieron la noticia de que la pena de reclusión perpetua debían cumplirla en la lejana cárcel de Ushuaia, en la isla de Tierra del Fuego. El 8 de mayo de 1931 fueron embarcados con otros presos en el buque “Chaco”. Otro de los presos confinados a Ushuaia escribió con seudónimo una crónica detenida de ese penoso periplo. Cuando él y su grupo de anarquistas detenidos son subidos al barco, se encuentran con otros cincuenta compañeros que habían sido embarcados y encadenados:
El ruido de hierros hace temblar. Algunos, al verlos, dejan caer lágrimas. Vamos viendo caras conocidas. Allí están Ares, Montero, Gayoso. Van tranquilos, plenos de ánimo Librados de la muerte por los cuatro tiros, van a la muerte lenta, al cementerio blanco de los vivos.
F. de la Montaña [seud.]: “Las experiencias de los revolucionarios durante la dictadura militar”, en: La Protesta nº 6690, Buenos Aires, 26/3/1932, p. 2.
Después de siete días de travesía, desembarcaron en Ushuaia el 14 de marzo de 1931. A las duras condiciones del penal, cuyas temperaturas alcanzaban los 35 grados bajo cero, se sumaban los crueles castigos que imponían el Director Adolfo Cernadas, el Alcaide y los carceleros. Gayoso fue destinado a la carpintería del penal, Ares a la panadería y Montero a la usina eléctrica.
Posteriormente el presidente Agustín P. Justo redujo la prisión perpetua de los tres condenados a dos años de prisión, que de hecho ya habían cumplido. Salieron del Penal de Ushuaia el 13 de diciembre de 1932, cuando un buque guardacostas los trasladó hasta Bahía Blanca. Para su sorpresa, se encontraron en el muelle con una muchedumbre que los esperaba con un cartel: “Bienvenidos los compañeros Gayoso, Ares y Montero. Estamos con vosotros”. En su edición de diciembre de ese mes, el periódico anarquista Tierra Libre, que dirigía desde esa localidad Luis Danussi, publicaba la siguiente noticia:
El miércoles 14 de diciembre de 1932, fuimos gratamente sorprendidos con la visita de tres camaradas: José Ares, Florindo Gayoso y José Montero, desembarcados la noche anterior, procedentes del presidio de Ushuaia. Los tres son valerosos chauffeurs que, en los aciagos días del terror uriburista , enfrentaron a los sabuesos del tirano, cayendo bajo la sanción de la ley marcial. Frente ya al pelotón de fusilamiento, el clamor y la protesta populares hicieron dejar en suspenso la aplicación del bando, siendo entonces enviados a Tierra del Fuego, condenados a reclusión perpetua , que se les redujo a dos años, que acaban de cumplir. Del horror ushuaiano, del sadismo de sus carceleros, del peligro que corre la vida de Siberiano Domínguez, nos hablaron extensa y vehementemente.
Tierra Libre nº 5, Bahía Blanca, diciembre 1932).
Desde Bahía Blanca, continuaron en tren camino a Buenos Aires, siempre escoltados. Cuando arribaron finalmente a la terminal de trenes de Constitución, fueron recibidos por una muchedumbre de 10.000 compañeros. Conducidos al Departamento Central de Policía, fueron dejados en libertad.
Una vez en libertad, Gayoso volvió a la actividad de resistencia gremial, siendo nuevamente detenido en 1938 y deportado a España en virtud de la Ley de Residencia. En la España franquista fue nuevamente detenido, sufriendo cárcel durante varios años. Tuvo la “suerte” de que el Gobernador de Pontevedra, la provincia gallega en la que estaba detenido, “con motivo de la celebración del día de su santo, otorgó la libertad a todos los presos que estaban a su disposición” (La Protesta). Munido ahora de su pasaporte español, en junio de 1952 pudo embarcarse rumbo al puerto de Santos (Brasil), donde debió residir durante algún tiempo antes de ingresar a la Argentina. Se reintegró entonces a la Unión Chauffeurs, participando activamente de la huelga que mantuvieron los choferes con la Cooperativa “La Nueva”.
Muere a los 63 años en un accidente mientras realizaba una reparación mecánica a un automóvil. Sus compañeros de La Protesta lo despidieron en 1961 en estos términos: “Galloso no fue un militante brillante, de grandes conocimientos, no manejaba la pluma ni era orador, pero su anarquismo estaba consustanciado con su ser, era como segunda naturaleza; anónimamente, sin alharacas pero firmemente, en todos los lugares donde estuvo dejó sembrada la semilla del ideal”.
Tuvo tres hijos con Josefa Sendón: Celia, Nélida y Alberto. Una hermana de Josefa se casó con José Santos Ares, otro de los tres choferes condenados a muerte.
Cómo citar esta entrada: Tarcus, Horacio (2023), “Gayoso, Florindo”, en Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas. Disponible en https://diccionario.cedinci.org.